LA CIVILIZACIÓN PERDIDA DE LAS PAMPAS Y PATAGONIA

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LA CIVILIZACIÓN PERDIDA DE LAS PAMPAS Y PATAGONIA

Mensaje por josecito el Sáb 20 Jul 2013, 8:20 pm

DESCRIPCIÓN DEL TOTEM PATAGÓNICO Y DESCIFRAMIENTO DE SUS SIGNOS



La pampa de Somuncurá fue en otros tiempos una isla, convertida en meseta al retirarse las aguas que cubrían la Patagonia. Grutas sin fondo resuenan en su ámbito desierto, donde moran furtivas rarezas zoológicas únicas en el mundo. Aquí se encontró una piedra tallada sin equivalente arqueológico conocido; actualmente se conserva en el museo regional de Valcheta, donde permanece sin clasificar. Observémosla: representa un pájaro estilizado, quizá un águila, sosteniendo en su pico un pequeño saurio capturado; debajo aparece un hombre boquiabierto con las manos apoyadas en el mentón. La talla está quebrada en la parte superior, como si continuase hacia arriba. Sobre la ceja del ave existe una concavidad, donde debió insertarse una piedra preciosa.


Nadie pudo determinar la filiación de esta escultura, en los diez años que lleva guardada en el museo; incluso un eminente experto en temas patagónicos, el dr. Rodolfo Casamiquela, a quien fue enseñada una foto, opinó que se trataba del mango de un paraguas, tal es el desconcierto que produce lo desconocido.
A fines de 1998, un poblador de Valcheta visitó el museo local, donde le fue exhibida la pieza. Y hete aquí que este poblador, llamado Marcos Torres, recordó haber visto una talla similar, no recordaba bien dónde... Naturalmente que hubo preguntas, suposiciones, hasta que se acordó del lugar: ¡en casa de su abuelo!
Pronto fue rescatado del olvido este fragmento escultórico, encontrado en el campo y conservado por años en una vivienda particular. Cuando lo reunieron con el que estaba depositado en el museo, una sensación de felicidad invadió a todos: ¡los dos fragmentos encajaban, formando una figura única! En efecto, el hombrecillo con la cabeza apoyada en las manos (que parecía ser la base de un tótem) continúa de medio cuerpo para abajo en el nuevo fragmento hallado, mostrando unas piernas flexionadas sobre las cuales apoyan los codos. Ambos fragmentos, el viejo y el nuevo, se unen a la altura de la cintura. El encastre no es perfecto, ni mucho menos, denotando que el quiebre en dos de la escultura no es reciente. La parte superior ha sido cubierta con barniz por el policía que la donó al museo, de aquí que ambos fragmentos muestren distinta coloración.


Lo cierto es que estamos en presencia de una obra escultórica de gran factura, procedente de una cultura (¿o debería decir civilización?) desconocida. Nada parecido sabían hacer los tehuelches, ni los araucanos, ni nadie al sur de la línea equinoccial, me atrevo a decir. Me refiero al naturalismo escultórico, extraño a todos los pueblos sudamericanos, y especialmente a los andinos, cuyas tallas, toscas y rígidas, obedecen a la forma del bloque de piedra desbastado de la cantera.
Aquí vemos algo bien distinto: Las cabezas de grifo que rematan la parte inferior de la escultura, cada una de las cuales muerde una sierpe, están retratadas con un estilo naturalista, propio de un maestro consumado en el modelado de la piedra. Las sierpes parecen retorcerse bajo las garras y el pico de los grifos, revelando un profundo estudio del movimiento animal, un arte dinámico sin parangón en toda la escultórica amerindia, predominantemente estática.


Tanto se diferencia del estilo aborigen, que naturalmente se supuso un origen exótico a esta pieza. Pero aunque yo sólo la conocía por fotos, la hipótesis de un objeto de arte importado no me pareció viable: la escultura presenta rasgos que recuerdan distintas culturas, sin que podamos adscribirla a ninguna en particular. Se trata de una creación patagónica, sui generis.
De la mitad para arriba, recuerda un tótem canadiense; en especial la figura humana presenta gran similitud con algunas talladas en el centro del tótem por los indios Haida, de la Columbia Británica. La mitad inferior, sin embargo, desborda cualquier creación de aquellos pueblos primitivos, pues termina en tres patas de fantasía cuya refinada concepción parece hindú o helénica.

Ahora bien, así como notamos similitudes, también existen diferencias: la talla patagónica es bifaz, presentando las mismas figuras en las dos caras del tótem, cosa que no ocurre en las tallas canadienses que conozco. En cuanto al trípode que le sirve de base, su estilo refinado y ambiguo no autoriza a establecer relaciones indebidas con tal o cual cultura del Viejo Mundo.
Pasando al aspecto simbólico de la escultura, debo decir que toda ella rezuma un hermetismo clásico. Distinguimos tres niveles o planos: el superior, ocupado por el águila, sin duda corresponde al cielo; el medio, representado por la figura humana, es el mundo de los vivos; finalmente, el plano inferior, caracterizado por las serpientes, corresponde al submundo de los difuntos.
Esta composición recuerda vivamente el símbolo gnóstico conocido como Abraxas, consistente en una figura humana con atributos de pájaro y serpiente. Representa la metamorfosis del Iniciado al invadir los planos celeste y terrestre. Pero ¿dónde, cuándo nació esta alegoría? La respuesta se pierde en la noche del tiempo. Algunos "Abraxas" incluso lucen la figura humana con cara de gato y sin sexo visible, lo cual hace completa su identidad conceptual con el tótem de Somuncurá.



Ahora bien; la suma de las letras griegas que componen la palabra Abraxas da 365, el mismo número de días que suma un año. Es evidente entonces que este símbolo está relacionado con el tiempo, y el modo de computar su transcurso. De pronto comprendí el significado del monumento patagónico, como si hubiese oído un veredicto: ¡El "tótem" de Somuncurá es un calendario!
En efecto, la escultura representa un tipo primitivo de Abraxas, el símbolo del tiempo; situado sobre el Eje del Mundo o Árbol de la Vida, en la conjunción de las esferas, regula su giro, señalando a cada astro su período. Tenía ante mí la fascinante perspectiva de descifrar el calendario de una cultura desconocida en plena Patagonia, por lo cual decidí viajar a Valcheta a fin de examinar personalmente el monumento, confiado en poder desentrañar sus claves numéricas.



Llegué a Valcheta un viernes por la tarde, habiendo hecho "dedo" en un cruce del camino de tierra con la ruta nacional. El pueblo vive aislado en medio del desierto patagónico, a la espera del asfalto que nunca llega. Me apeé frente al hotel "Don Pedro", y caminé unas cuadras hasta el museo, emplazado junto al arroyo Valcheta, cuyas aguas murmuran a la sombra de una plaza arbolada.
La directora, María Inés Kopp, puso en mis manos la escultura: es de un material raro, gris celeste, con algunos globos como los que forma una mezcla al ser cocida en un molde; aunque sería muy difícil desmontar los taseles alrededor de las sierpes enroscadas. Un calificado geólogo consultado por la directora declaró desconocer la piedra. Los signos tallados no han sufrido mella, debido a la buena calidad de esta sustancia lítica, sumamente homogénea y resistente.
Descubrí sobre el capitel que sostiene al hombrecillo nuevas figuras, una cabeza de lobo y una flor, no visibles en las fotos que había tomado Fernando. Conté las pestañas que rodean como rayos solares cada ojo del águila: a mi satisfacción, siempre son doce. La directora me hizo notar dos inscripciones a los lados del tótem, redactadas en una escritura desconocida: esto era nuevo para mí, y sentí un gran desconcierto ante esos signos, que recordaban el sánscrito o algún perdido alfabeto mágico.


Terminé mi relevamiento de todos los símbolos grabados en la escultura, y salí a dar un paseo a la vera del río. Dos policías me detuvieron para pedirme documentos: ¿Qué hacía yo en Valcheta? Les expliqué el objeto de mi viaje, y entonces vine a enterarme que uno de los policías era quien había donado la parte superior del tótem al museo. Aproveché la ocasión para averiguar quién se la había dado a él:
-Y Luis Canario fue, él la encontró.
A la mañana siguiente estaba yo frente a la casa de Luis Canario, en un arrabal de Valcheta. Salió medio dormido, pero no bien supo el objeto de mi interés, se mostró bien dispuesto: sí, él había encontrado la escultura en el campo, hacía catorce años. No tenía inconvenientes en acompañarme al lugar del hallazgo, aunque era un poco lejos. Quedamos en encontrarnos a las cuatro.


Para hacer tiempo, volví al museo, donde saqué nuevas fotos del tótem. Supe por boca de la Sra. Kopp que la parte inferior de la escultura había sido encontrada en un basural por un señor Berbel, quien la llevó a su casa. Fue su nieto quien vio la parte superior en el museo, posibilitando la unión de ambos fragmentos.
A las cuatro en punto me apersoné en casa de Canario. Mientras esperábamos que un amigo suyo viniese a llevarnos en un viejo Peugeot, compartimos algunos mates. Para mi sorpresa, Canario comentó que otra familia de Valcheta había tenido una escultura hecha del mismo material que el tótem. ¿Se podía ver? No. La habían regalado a unos parientes de la capital. Canario sí la había visto, era un águila sin cabeza, posada sobre un pedestal. Pregunté si tenía signos grabados: no, ningún signo, sólo un águila esculpida en ese material raro.


Llegó el amigo en el viejo Peugeot, y salimos hacia la chacra de Bugame, donde Canario trabajó años atrás, junto con su abuelo. Viajamos cinco o seis kilómetros sobre camino de tierra, y nos detuvimos ante una tranquera. Nos apeamos del auto, y cruzamos la ruta hacia campo abierto, del lado opuesto a la chacra. Marchamos unos veinte minutos entre los matorrales, y al fin Canario se detuvo sobre un desagüe natural que forma la lluvia al resbalar desde las partes altas del campo. Aquí, nos dijo, había encontrado la escultura catorce años atrás. Iba a caballo por el desagüe seco, y vio sobresalir de la tierra esa piedra con la cara tallada. Era muy dura, comentó, porque él le había pasado una lija fina para quitarle el barro pegado, y ni aún así se borraron los signos que tenía grabados.
Saqué una foto al descubridor en el lugar del hallazgo, y emprendimos el regreso. Ahora que habíamos entrado en confianza, pregunté el nombre de la familia que había tenido el águila esculpida, del mismo material que el tótem. No sin asombro oí el apellido Berbel. ¡El mismo que donó la parte inferior del tótem al museo! Concluí que Berbel había encontrado dos esculturas en el basural, una era el fragmento inferior del tótem, la otra un águila sobre un pedestal, a la cual le faltaba la cabeza.


Todavía esa tarde hice otro descubrimiento. Al pasar por la vía, Canario me propuso visitar la estación del tren. Acepté, por no haber nada mejor que hacer, y de paso para ver los horarios del tren, por si me convenía tomarlo hasta San Antonio Oeste. Apenas puse el pie en el desierto andén, cuando vi, arrimada junto a una empalizada, la gran piedra entallada con una cruz de brazos iguales, cuya localización justa Fernando no me había dado. Proviene de la zona, y es un vestigio más de la antigua cultura que existió en este punto de la Argentina.
Posé para la foto junto al bloque tallado: no sabía que pronto desaparecería del lugar, como tantos otros testimonios del pasado patagónico. Me despedí de mis nuevos amigos, y al día siguiente volvía a Buenos Aires. Revisé mis fotos y notas, y poco a poco las ruedas del tiempo armonizaron sus giros en mi espíritu, hasta develar las claves numéricas del tótem.



Ha llegado la hora de ofrecer mi interpretación de este calendario patagónico, a la luz de la antigua astronomía. Lo primero que descifré fueron las rosetas grabadas debajo de los ojos del águila, cada una de las cuales contiene una rueda de siete círculos pequeños. Evidentemente son los días de la semana, regidos por los siete planetas que conoció la Antigüedad: el Sol, la Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus y Saturno, los cuales aún hoy dan su nombre a nuestros días.
Hay cuatro rosetas grabadas, una bajo cada ojo del águila doble, cada una contiene siete círculos, son veintiocho círculos o días en total. Esta es una evidente referencia a las veintiocho casas lunares o constelaciones que recorre la luna en un mes sidéreo de 27 días 7 horas 43' 11,5''.
Observé luego que los ojos de las águilas semejan soles con 12 rayos, y recordé a Horus, el halcón divino, cuya pupila es el sol. Pienso que estos ojos, en número de cuatro, simbolizan los solsticios y equinoccios con sus 12 horas diarias.
Habiendo identificado las semanas y el mes sidéreo, así como los solsticios y equinoccios que marcan el comienzo de las estaciones, me dediqué a buscar alguna rueda que representase la totalidad del año. La encontré donde menos los esperaba: ocultando el sexo de la figura humana. En efecto, contando los pequeños círculos que se distribuyen entre las piernas y alrededor del ombligo, encontré que son 24, y otros tantos del otro lado, totalizando 48 fases sinódicas de un año lunar.


El calendario patagónico tomaba en cuenta entonces tanto el movimiento como los aspectos visibles de la luna, resultando así un sistema complejo. El movimiento o mes sidéreo está expresado, como vimos, en las cuatro rosetas que indican las semanas; el ciclo luminoso o mes sinódico de 29 días, 12 horas 44' 2,8'', por su parte, forma la base del año lunar expresado en la entrepierna y ombligo de las figuras humanas. Este año lunar contaba 12 lunas o 48 fases sinódicas, totalizando 354 días.
Debemos ahora interrogar el círculo de figuras que exornan el capitel, separadas una de la otra por grupos de tres rayas verticales. A fe mía, estas figuras representan lunas intercalares, aquellas que se agregan cada tantos años a fin de compensar los días excedentes del año solar respecto de las doce lunaciones.

En efecto, la diferencia del año solar respecto de doce meses sinódicos es de once días menos tres horas. Es posible que los antiguos patagones no conociesen el uso de la clepsidra, en cuyo caso estimarían la diferencia en once días redondos. Cada tres años, los días sobrantes del año solar respecto del lunar sumaban 33 (para ser exactos, 33 días menos nueve horas), suficientes para intercalar una luna de 29 días y medio. Esta luna era simbolizada por una figura alegórica de origen celeste.
Naturalmente, sobraban tres días y medio, no cubiertos por la luna intercalar; estos días sobrantes se sumaban, compensándose al final del ciclo. Todo el sistema de intercalación utilizado por los antiguos habitantes de Patagonia está expresado en las figuras grabadas sobre el capitel, e inmediatamente debajo. La banda superior de signos, grabada sobre el capitel, manifiesta las lunas intercalares, en tanto que la banda inferior, conformada por triples círculos con un punto central y soles alternados, expresa los años al término de los cuales se intercalaban las lunas.

Esta interpretación encuentra un sólido apoyo en la simbología tradicional: algunas figuras del capitel, como el perro-lobo, el puma, el cuchillo de pedernal y la rana, son equivalentes a los signos lunares de los zodíacos orientales e indios;(6) por otra parte, el movimiento anual del sol tiene por símbolo un círculo con un punto en el centro, desde tiempo inmemorial, en la antigua China.
Hasta aquí, todo parece claro: arriba las lunas intercalares, y abajo los años. Pero ¿cuántas lunas se intercalaban en cuántos años? Las matemáticas y una pizca de intuición nos guiarán para interpretar correctamente los signos: hemos visto que tres años solares exceden a tres lunares lo suficiente como para intercalar una luna; esto queda claramente expresado por los triples círculos con un punto central, símbolo claro de un trienio. Hay tres triples círculos debajo del capitel, son nueve años, o tres trienios, que determinan una luna intercalar cada uno; pero hay siete signos lunares sobre el capitel.

Evidentemente, las otras lunas intercalares vienen determinadas por los tres soles de doce rayos que alternan con los triples círculos debajo del capitel: si cada sol determina una luna intercalar, debemos pensar que simboliza un trienio, no importa lo extraño que esto parezca a primera vista; y en efecto, hallamos en un avanzado pueblo sudamericano tal concepción. Entre los muiscas, tres años rurales conformaban un año religioso; el mismo período que aquí vemos simbolizado por el sol con doce rayos. La alternancia de los trienios con estos soles bajo los signos lunares indica su equivalencia: tres años rurales = un año religioso.
Los muiscas computaban la luna intercalar como parte del año religioso (37 meses); otro tanto debemos suponer para los patagones. Su año religioso se componía así de dos años rurales de 12 lunas cada uno, y un año embolísmico de 13 lunas. Dicho año embolísmico no tiene una representación especial sobre el capitel, sino que se compone de un año rural y una luna intercalar. Observamos asimismo que el sol, símbolo del año religioso, cuenta con doce rayos; cada uno de estos rayos representa un mes religioso, equivalente a tres meses del año rural: ¡una estación! De este modo, aunque la relación entre ambos no era fija, cada mes religioso se celebraría una festividad móvil, correspondiente a una estación distinta.


El año religioso patagónico era regido por un signo lunar, aquél que iniciaba la rueda de doce lunaciones durante sus tres años rurales. Al final de este año, la luna inicial se intercalaba, y el nuevo año religioso comenzaba con la luna siguiente, que era su regente. Así se explica la presencia de seis signos lunares distintos sobre el capitel, producto de seis intercalaciones a lo largo de 18 años. Pero ¿y el séptimo signo lunar? Aquí no cabe sino una respuesta: tal signo representa la suma de los días excedentes en cada intercalación, los cuales se compensan al final de la cuenta.
Comprobé maravillado que esta deducción se confirma en los grabados del capitel, pues éste presenta seis signos figurativos, un pájaro, un cuchillo, un lobo, una flor, una rana y un puma, símbolos de las seis lunas intercalares; en tanto que el séptimo signo no es figurativo, sino abstracto, indicando algún tipo de cuenta o fracción: la suma de los días excedentes en cada intercalación, sin duda. Esta suma, según los antiguos patagones, quienes presumiblemente carecían de clepsidras para medir fracciones horarias, debía ser la siguiente:

Diferencia año solar-lunar: 11 días
Diferencia acumulada en tres años: 33 días
Intercalación de una luna: 29 ½ días
Días excedentes en un trienio: 3 ½ días
Días excedentes en 18 años: 21 días

¡Eureka! El capitel presenta siete grupos de tres rayas separando los signos lunares: 21 rayas en total, indicando los 21 días excedentes que completan 18 años. Ahora estamos en condiciones de interpretar correctamente el séptimo signo lunar grabado sobre el capitel, de tipo no figurativo o abstracto. Este dibujo me había intrigado por su carácter compuesto: en la parte superior hay tres compartimientos o fracciones sobre unas líneas base más largas. Debajo aparece un rectángulo seguido por una corta raya vertical, cuyo significado trataré después.
Puesto que las demás figuras del capitel representan lunas, pensé, los tres compartimientos o fracciones que ocupan el sitial han de representar fases lunares. ¡Tres fases lunares, 21 días! Con ello quedaba saldada la cuenta, sin recurrir a otra observación que la luna, y su concordancia con las estaciones solares al cabo de dieciocho años.

Pero este calendario, como el de los atenienses antes de Metón, era imperfecto. En efecto, la diferencia entre años solares y lunares es menor que la calculada por los antiguos patagones; los días excedentes no son 21, sino 18 y medio. El error apenas reviste importancia, toda vez que las fases son meramente indicativas de lo que resta para completar dieciocho años, sin que se intercalen, según veremos.
Cabe preguntarse porqué eligieron los patagones un ciclo base de 18 años, que les obligaba a contar fases lunares suplementarias. Aún asumiendo que no hubiesen descubierto el ciclo metónico de 19 años, en el cual se intercalan siete lunas, por deficiencia en la medición de las fracciones horarias del año solar y lunar, no veía, en principio, ninguna razón astronómica para establecer una cuenta de 18 años. ¡Pero esa razón existe! Y si un astrónomo lee esto, ya la habrá adivinado: es el ciclo de Saros, que regula los eclipses de sol y de luna. Este ciclo comprende 18 años, 11 días y 8 horas, (o 10 días y 8 horas, si hay cinco bisiestos) y ya era conocido por los babilonios.


Todo el arte y la ciencia de un calendario consiste en conjugar la luna y el sol, concordando sus respectivos períodos; y los eclipses, cuando los astros coinciden en un mismo punto del cielo, parecen la manifestación visual de esta armonía. Por lo tanto, el período de revolución de los nodos de la órbita lunar con referencia al sol fue adoptado como base de la indicción patagónica. Aquí tenemos, posiblemente, la explicación del rectángulo seguido por una corta raya vertical que se encuentra debajo de las fracciones o fases lunares, claramente separado de ellas por unas líneas: estos han de ser los días extra que completan el Saros o ciclo de los eclipses, los cuales se sumaban a la indicción. El rectángulo puede representar un lapso indeterminado, el tiempo que falta para completar la séptima luna.
No creo yo que los patagones autores del calendario totémico (sin relación alguna con los tehuelches históricos) hubiesen descubierto por sí mismos el ciclo de Saros, como hicieron los caldeos, asiduos observadores del cielo. Más bien me inclino a suponer que la tradición hermética heredada por ellos (de la cual tenemos sobrada prueba en la virtual identidad del tótem con los Abraxas del Viejo Mundo) incluía referencias al ciclo de saros, así como a otros ciclos mayores, de los cuales guardan oscura memoria las naciones asiáticas.
Así pues, este ciclo de los eclipses, habiendo dado base numérica a la indicción patagónica, poco a poco se independizó de la cuenta de los años religiosos, por el desfase acumulado de una luna por cada ciclo de saros.
Menester era llevar dos cuentas paralelas, una para el saros, que intercalaba siete lunas, y otra para los años rurales y religiosos, que intercalaban seis. Ambas cuentas deben encontrar su expresión en el tótem, y observar un mismo canon.



Nos ocuparemos ahora de la primera: constatamos que ella tiene por objeto la predicción de los eclipses, fenómeno que preocupó a todos los pueblos antiguos. En efecto, el calendario totémico exhibe la representación de un eclipse sobre cada una de sus caras: en lugar prominente, en medio de la frente, el águila lleva figurado un disco -lunar o solar- con dos pequeñas entrantes, como si empezara a ser comido por la sombra; en la contracara aparece otro astro semioculto que en razón de su forma no puede confundirse con la media luna. Sin duda uno de estos discos representa al sol, y el otro a la luna cuando están en eclipse, aunque no sepamos cuál es cada uno.
Ahora bien, el ciclo de saros repite los eclipses de luna y sol, parciales y totales, en el mismo orden, sólo que ocho horas más tarde; cada tres saros, los eclipses vuelven a producirse a la misma hora. Así, los eclipses producidos durante un ciclo ofrecen una pauta razonablemente segura de los que ocurrirán en el siguiente. Sospeché que los astrólogos anotaban puntualmente cada eclipse observado sobre dos cartuchos que hay a ambos lados del tótem, a fin de poder predecir su repetición en el siguiente ciclo: un recuento minucioso de tales puntos confirmó mi intuición.


Y ahora obtenemos una primer visión del calendario totémico en su conjunto: un águila sostiene en su pico un saurio hecho de tiempo (las escamas que lo cubren son círculos con un punto en el centro, es decir, años), ella simboliza el año magno o triple saros de 54 años y 33 días; a sus pies, tres cabezas de águila sostienen otras tantas sierpes, ellas representan las tres indicciones o saros de 18 años y 11 días cada una, que conforman el año magno patagónico.
Ya Humboldt había señalado que la serpiente es para los indios el símbolo del tiempo; yo agregaría que las águilas simbolizan el poder celestial que organiza en ciclos el tiempo fugitivo, como se observa en la escultura, que al ser mordidas por las aves, las sierpes se anillan, se convierten en ciclos temporales.
Pero el águila sosteniendo un saurio en su pico se encuentra desdoblada: son dos años magnos gemelos, compuestos por las mismas tres indicciones que se repiten; entre ambos conforman un siglo patagónico de 108 años y 66 días, término de la vida humana y número lunar por excelencia.
Debemos referirnos ahora a la segunda cuenta, aquella que contempla los años rurales y religiosos. Esta cuenta no podía computar la última luna del saros, a riesgo de alejarse de su propio objeto. Por lo tanto, en el decimoctavo año, ambas cuentas se separaban: he aquí la razón por la cual la séptima luna intercalar del capitel no se representa por una figura zodiacal, sino mediante fracciones: no se intercalaba en la cuenta de los años religiosos, sino únicamente en la cuenta del saros.


Todavía hoy se considera de mal agüero festejar un acontecimiento antes del aniversario; supongo que los antiguos patagones no permitían que su cuenta calendaria anticipase la marcha del sol, por los mismos motivos. Así, la séptima luna que completaba el saros no podía intercalarse, pues la cuenta invadiría el año solar siguiente. Se continuaba entonces intercalando una luna cada tres años, imperturbablemente. Los días excedentes se multiplicaban, hasta completar lunas, y finalmente, un año. De este modo, los solsticios y equinoccios viajaban a través del año lunar, hasta encontrarse de nuevo en la misma fecha inicial.
¿Existe sobre la escultura alguna referencia global a esta segunda cuenta? Juzgue el lector: en lo alto del tótem se observa una rueda incompleta con once divisiones, pero faltan más de la mitad; en la contracara permanece un resto de otra rueda que debía ser su complemento. Según la parte visible de la rueda -poco menos de la mitad- cada una de ellas puede tener 27 divisiones, resultando un total de 54 divisiones o años entre las dos. El año magno patagónico queda así representado por dos ruedas de 27 años rurales y embolísmicos, según la cuenta de los años religiosos, y tres grifos mordiendo sierpes o estaciones de 18 años y once días, según la cuenta del saros. En el primer caso, se intercalan dieciocho lunas, y en el segundo, veintiuna.


El nuevo año magno acumulaba estas 3 lunas al desfase entre ambas cuentas, lo cual no obsta a su cómputo paralelo: el símbolo del año rural es un comodín, computable tanto desde el comienzo del saros, como desde el comienzo del año religioso, según convenga. La figura zodiacal que se verá sobre el capitel siempre surge de la cuenta de los años religiosos (intercalación trienal), pero puede valorarse como cifra en la cuenta del saros.
En definitiva, el cálculo paralelo es viable, y cuando el desfase alcance el equivalente de un saros, ambas cuentas vuelven a cero. De este modo, los antiguos patagones integraban dentro de un mismo sistema de cómputo la cuenta de la luna y el ciclo de los eclipses.
He mencionado ciclos mayores conservados por la tradición hermética, relacionados con el número 18. Uno de ellos es el ciclo tártaro de 180 años, llamado Van. Otro es el Gran Año de Aristarco, período de 2484 años al cabo del cual la luna y el sol se conjugan con la misma estrella. Finalmente, mencionaré la precesión de los equinoccios o Año Magno de 25920 años, según el cálculo tradicional de que surge de multiplicar 180 por 144, aunque en la actualidad se estima en algunos años menos. Los términos sumados de cada una de estos ciclos dan 18.
Los autores del tótem han querido ajustar su indicción al ciclo de los eclipses, así como a los ciclos mayores de la astronomía tradicional, según el principio hermético "lo pequeño es como lo grande", dicho con otras palabras, el ciclo cronológico menor ha de ser proporcional a los ciclos mayores.


Podemos establecer una analogía con otros pueblos americanos, y suponer que el calendario totémico era el catalizador de una serie de rituales relacionados con el año magno y sus indicciones. He aquí nuestra dramatización:
Se seleccionaba a un niño y una niña nacidos a principios del ciclo, a quienes se consideraba encarnación del sol y la luna: llamémosles Janus. Se los criaba con esmero en el templo, adoctrinándolos en la religión astral, y se los presentaba a la veneración del pueblo en ocasión del comienzo del año rural, así como en los solsticios y equinoccios, durante los cuales oficiaban como astros vivientes. Cada año religioso se celebraba una festividad en su honor; llegados a la pubertad, se los hacía peregrinar por los caminos señalados con las huellas de los dioses, donde éstos habían predicado u obrado milagros.
Su sentencia debía ejecutarse al cumplir los 18 años. Con el anochecer del último día, un gran temor se adueñaba de la población: el fin del ciclo se asociaba con la desaparición del sol y la luna, anunciada por los agoreros. Era menester asegurar el nacimiento de la luna y el sol nuevos, para evitar que las tinieblas se adueñasen del mundo. Esto se conseguía mediante el rito del sacrificio, según el pensamiento tradicional. Se conducía a Janus hasta una plaza circular, donde los esperaba el pueblo. En el centro de la misma se erguía el tótem, sobre un altar: las figuras humanas esculpidas retrataban a las víctimas, según el principio hermético que une lo celeste y lo terreno, el tiempo de las esferas y la vida del hombre.


Los gemelos astrales Janus morían en una pira, cuyo fuego está representado en el trípode que sirve de base al tótem, y que marca el final del ciclo La gente encendía una tea con ese fuego, y la llevaba a su casa, donde ardía durante la noche. Este era el "fuego nuevo", que evitaba la extinción de la luz, posibilitando el inicio de otro ciclo cósmico. Con el amanecer se celebraba el renacimiento de Janus, para quienes se esculpía un nuevo calendario totémico, con expresión de seis lunas intercalares y una séptima no intercalar, por un período de 18 años.

SENSACIONAL HALLAZGO EN LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES



Con fecha 6 de junio de 2000, el diario La Razón publicó una nota a doble página sobre el tótem de la Patagonia, haciéndose eco de mi interpretación del mismo como un calendario basado en los eclipses. La nota incluía fotos de la escultura, y un diagrama explicativo: por fin, el enigma del tótem patagónico se hacía público.

Esa misma noche recibí un llamado telefónico imprevisto, antes de acostarme. Del otro lado de la línea preguntaban si yo era efectivamente el investigador que había publicado una nota sobre un tótem.

-Sí, respondí, soy yo -pensando que habían dado conmigo por la guía telefónica-.

-¿Usted sabe que en mi casa yo tengo un tótem igualito, igualito, al que salió en la foto del diario?

(por un momento me quedé mudo)

-...¿De dónde me habla Ud.?

-De acá, de Claypole

Mi mente giró como una brújula desconcertada que no encontrase el norte de la razón: Claypole, un suburbio de Buenos Aires. A 1200 kilómetros de la Patagonia. ¿Me había equivocado? ¿Sería el tótem una antigualla corriente, que se encuentra en cualquier casa como recuerdo de la abuela? Todos estos pensamientos cruzaron en un segundo por mi cerebro, mientras hablaba con el desconocido.

-¿Y cómo llegó a sus manos ese tótem?

-Lo desenterramos cuando cavábamos para asentar los cimientos de mi casa.

-¿O sea que apareció bajo tierra?

-Sí, como a un metro de profundidad.

Una sensación de triunfo y estupor me avasalló: ¡Yo estaba en lo cierto, el tótem era una antigüedad genuina! Sabía que en un suburbio tan alejado como Claypole las casas se construyen sobre terreno virgen, de modo que no podía tratarse de un mueble perteneciente a una mansión demolida en ese lugar. Por método, interrogué a mi interlocutor al respecto.

-¿Usted construyó su casa sobre una edificación anterior, o sobre terreno virgen?

-Acá no había ninguna clase de edificación. Yo levanté mi casa en lo que era un campo, donde pastaban vacas.



Apenas recuerdo cómo siguió la conversación. Únicamente destaca en mi memoria el nombre de la calle que me estaban dictando: "Nomeolvides". Mi interlocutor comentó jocosamente "parece una broma ¿no?". Pero yo intuía que la cosa iba en serio, y no me dejé ganar por el escepticismo.

Aquella noche, en casa, todos quedamos tan excitados con el llamado, que no fuimos a dormir sino muy tarde. ¡La realidad que vivíamos dejaba atrás la más alocada fantasía surrealista! Porque esta multiplicación fantasmal de los tótem superaba cualquier previsión, y yo sentí que perdía el control de la situación. Me puse muy nervioso cuando llegábamos con Cristina a la dirección indicada, en un suburbio porteño donde jamás había puesto el pie. Pero al llegar a esa casa humilde, y tomar en mis manos el tótem, supe que estaba palpando la piel misma del misterio.

Dante Herrera, que así se llama el dueño de la propiedad donde se encontró la escultura, nos contó que él construyó su casa sobre terreno virgen, que anteriormente fue utilizado como potrero y pastura de vacas. Cavando a una profundidad de 0,80 metros, aparecieron varios fragmentos escultóricos, a los que en su momento no concedieron mayor importancia, por lo cual quedaron confinados en el fundamento de la casa. Únicamente se salvó la parte inferior de la escultura, de un parecido asombroso con la parte inferior del tótem patagónico, a tal punto que ambas parecen salidas de un mismo molde. La mujer de Herrera y sus hijos confirmaron punto por punto lo dicho por el revistado.



Surgen ahora varios interrogantes. Si los "tótem" de la Patagonia (Valcheta) y las pampas (Claypole) no son más que adornos modernos, ¿porqué aparecen bajo tierra, en lugares donde nadie habitó en tiempos recientes? ¿porqué ambos están prolijamente cortados en el mismo lugar, justo sobre el ombligo de la figurilla humana? ¿Porqué a los dos trípodes les falta una cabeza de pájaro?

La interpretación expuesta en las páginas anteriores provee la respuesta: yo había sugerido ya que el tótem patagónico fue partido en dos de manera intencional para indicar el final de un ciclo calendario. El corte se practicó con prolijidad a la altura del ombligo de la figura humana, sin afectar brazos y piernas, es muy difícil que esto ocurra de manera accidental. Y ahora encontramos en Buenos Aires otro fragmento de tótem, cortado exactamente a la misma altura, es decir, sobre el ombligo. Es una confirmación de mi sospecha de que se trata de un corte ritual, practicado en época antigua.



Como tengo dicho, cada tótem representaba un Año Magno, compuesto por tres ciclos de "Saros", al cabo de los cuales los eclipses se producen a la misma hora; por eso, el corte de una de las cabezas de pájaro de la base -que representaba un ciclo de Saros- dejaba indemnes las otras dos. La dinámica debía ser ésta: se fabricaba un nuevo tótem para cada ciclo de Saros; sobre su capitel se representaban las figuras zodiacales de seis lunas intercalares, y un séptimo mes no intercalar; en el tótem siguiente se representaban las otras seis lunas intercalares, completándose así las figuras de los doce meses. Y acá viene lo interesante: en el tótem siguiente a éste -el tercero de la serie- volvían a esculpirse las mismas seis figuras zodiacales del primer tótem, pues correspondía intercalar las mismas lunas.

O sea que había una posibilidad entre dos de hallar un tótem con las mismas figuras que el de Somuncurá, y es la posibilidad que se ha verificado. La otra era hallar un tótem con las otras seis lunas intercalares, con lo cual hubiésemos conocido mejor el zodíaco de esta antigua cultura.

El doble corte ritual que presentan los tótem corresponde a las dos cuentas calendarias, que se iban desfasando una luna con cada ciclo de saros. Así, la figura humana del tótem se cortaba al medio cuando la cuenta de los 18 años lunares y embolísmicos corriente a la sazón, llegaba a su fin; pero la cabeza de grifo con una sierpe en el pico pienso yo que subsistía hasta concluir el saros, momento en que debía cercenarse, e inhumarse el tótem.

Parece ser que estos calendarios totémicos se fabricaban en serie, pues proceden de un molde. La técnica del vaciado se empleó desde la más remota antigüedad, tanto en el Viejo Mundo como en América, para fabricar esculturas en metal, argamasa u otros materiales, si bien no se sabe que fuese utilizada en las regiones del Plata y Patagonia. Pero tratándose de una cultura desconocida, no podemos afirmar que no utilizaban tal o cual técnica, eso sería prejuzgar las cosas. Además, las circunstancias en que fueron hallados estos fragmentos -uno en pleno campo patagónico, a un kilómetro y medio del casco de estancia más cercano; el otro bajo tierra, en terreno virgen del Gran Buenos Aires- excluye toda posibilidad de un origen moderno.



Lo que me conmocionó al recibir el llamado de Herrera, fue la presencia de estos calendarios totémicos, que yo suponía exclusivamente patagónicos, a orillas del Plata, en un suburbio de la ciudad de Buenos Aires. Volví a Claypole una semana después, con mi amigo Ubaldo Rodríguez, para documentar en un video las declaraciones de Herrera y su familia. Y hete aquí que una verdadera tormenta de sincronismos se abatió sobre nosotros, juzgue si no el lector:

-Dante Herrera construyó su casa hace 14 años, ¡y Luis Canario encontró el tótem patagónico hace igual tiempo! De modo que ambos tótem, el del Plata y el de la Patagonia, salieron juntos a la luz.

-La casa de Herrera se encuentra sobre la calle "Nomeolvides". ¿El tótem nos está hablando?

-El número de la casa es 6120, que invertido da 216, la cantidad de lunas comprendida en 18 años rurales, sin intercalaciones: corresponde a los soles y triples círculos que hay debajo del capitel. Pero el significado del número es más profundo que eso: porque 2160 es exactamente la cantidad de años que componen una era astrológica. Así, la reaparición o renacimiento simultáneo de los dos fénix parece indicar el comienzo de la era de Acuario.

-Descifré los signos del tótem a fines de 1999 y comienzos del 2000, en medio de la expectativa general por el milenio. Como si la muerte y resurrección del fénix moderno hubiese despertado el recuerdo de sus avatares antiguos.

-Mientras trabajaba en el desciframiento del tótem, presencié un eclipse de luna. Ello me dio la clave del antiguo calendario.

-La batería de la filmadora, que era nueva, quedó completamente descargada luego de la entrevista con Herrera, aunque pudimos salvar el video. Este fenómeno suele ocurrir en presencia de fuerzas paranormales.



Dejo de lado ahora este aspecto, un tanto inquietante, de la cuestión, para referirme al problema arqueológico que significa la aparición de esculturas idénticas en el Plata y Patagonia. En realidad, tras el impacto desconcertante de los hechos, recordé que ya Serrano y Rex González habían planteado una antigua correlación de estas regiones, en base a material de dos tipos: puntas de flecha con pedúnculo ancho y limbo triangular, de apariencia primitiva, y armas erizadas -bolas y rompecabezas- de sofisticado estilo. Se recordará que yo había llamado la atención sobre la estética desarrollada de estas armas, que no me extrañaría estuviese relacionada con la alta cultura de los tótem.

Tendríamos aquí entonces no ya dos elementos aislados, uno en cada región, sino dos series complejas, que relacionan el Plata y Patagonia mediante artefactos muy variados, y pertenecientes probablemente a distintas épocas y estadios evolutivos. Sin duda, debemos vérnoslas con un ciclo cultural incógnito, cuyas realizaciones apenas emergen de las tinieblas del tiempo.

VIRTUAL IDENTIDAD ENTRE EL TÓTEM PATAGÓNICO Y UNO DE ALASKA



Tótem en miniatura. Pizarra. Tlinkit. Altura 18 cm. Colección del castillo de Opocno, propiedad del Estado.

Descubrí esta foto ojeando un viejo libro sobre arte primitivo en la feria dominical del Parque Rivadavia, y al punto se confirmaron mis intuiciones respecto de una antiquísima difusión de los calendarios totémicos por todo el continente, desde Alaska a la Patagonia. Pues se trata, evidentemente, de una copia en pizarra de los mismos tótem de Valcheta y Claypole, aunque empobrecida, por faltarle los signos calendáricos y el trípode inferior. Sin duda los indios tlinkit de la Costa Noroeste habían perdido ya los vastos conocimientos astronómicos que reflejan los tótem australes, así como la refinada técnica escultórica que se requiere para modelar las sierpes inferiores.
Y uno no deja de preguntarse si los tlinkit recibieron sus modelos desde el sur, o si llegaron a esa tierra de frontera por Bering, desde algún centro paleógeno en Asia. Ateniéndonos a las evidencias, no puede descartarse que la antigua Argentum haya dado a luz el arte totémico en su forma clásica, difundiéndolo a través de leguas y milenios hasta el Viejo Mundo, donde competiría con la espiral de los agricultores neolíticos. Y estos diferentes estilos expresaban en un principio diferentes formas de vida y concepciones astrológicas:
El tótem para los cazadores, cuyo reloj astral era la luna, regente de la fecundidad animal y humana; el cielo de estos pueblos se dividía en 28 constelaciones recorridas por la luna en cada noche de un mes sidéreo y su tiempo se medía por meses sinódicos o lunas.
La espiral para los agricultores, cuyo reloj astral era el sol, rector de la fertilidad vegetal; el cielo de estos pueblos se dividía en 12 constelaciones recorridas por el sol en cada mes del año, y su tiempo se medía, como el nuestro, por ciclos solares.
En América observamos un antiguo sustrato de calendarios lunares -indirectamente revelado por monumentos tales como las "ruedas medicinales" de Majorville, Big Horn y Sun Dance Lodge, que presentan 28 rayos- al cual se han sobrepuesto, en los Andes y Mesoamérica, calendarios solares de 12 o 18 meses, producto de las influencias chinas e hindúes demostradas por Heine Geldern, y sus elaboraciones locales posteriores.
Los calendarios de tipo solar se expresan en composiciones inextricables, que denotan la influencia del arte oriental, cargado de adornos y poco realista. Por el contrario, las regiones exentas de aquellas influencias, como la Costa Noroeste y Patagonia, conservaron puro el antiguo arte totémico, así como el calendario lunar a él asociado. La fusión de ambos estilos se llevó a cabo en China bajo la dinastía Shang, y llegó tardíamente a Oceanía, donde el arte maorí, por ejemplo, combina las espirales con el totemismo vertical de un modo afortunado.
Antes de cerrar esta nota conviene aclarar que los calendarios lunares y solares se llaman así por seguir la marcha de uno de los dos astros, ignorando al otro. Pero así como nuestros modernos almanaques suelen indicar las fases de la luna -sin que los meses se ajusten a ellas-, los calendarios lunares podían indicar los solsticios y equinoccios, aunque su año canónico no se ciñese a ellos.
Los antiguos dispusieron marcadores de luz en el fondo de cuevas naturales, o en los templos, donde llegaba un rayo de sol señalando el acontecimiento celeste. Así conocían el curso del año solar, que su calendario no les enseñaba mediante el cómputo numérico. Luego fueron adoptados gnomones para medir la sombra, a medida que los trabajos agrícolas fueron cobrando mayor importancia, hasta desplazar a la caza como actividad principal, momento en que el sol desplazó a la luna como soberano del cielo.



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josecito

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